Un estudio realizado durante ocho años en la turbera de Stordalen, al norte de Suecia, revela que el deshielo del permafrost está acelerando la adaptación de las comunidades bacterianas. Al descongelarse el suelo, quedan disponibles millones de elementos genéticos móviles —fragmentos de ADN capaces de desplazarse entre organismos— que permiten a las bacterias incorporar nuevas funciones sin depender únicamente de mutaciones aleatorias. Los investigadores identificaron alrededor de 2,1 millones de estos elementos distribuidos entre 89 grandes grupos microbianos.
Este intercambio de genes puede modificar procesos esenciales del ecosistema, como la descomposición de materia orgánica, el reciclaje de nutrientes y la liberación de carbono. Por ello, la evolución acelerada de las bacterias podría influir en la cantidad de dióxido de carbono y metano que llega a la atmósfera, generando una posible retroalimentación del calentamiento global. El hallazgo demuestra que, para prever mejor las consecuencias climáticas del deshielo ártico, no basta con estudiar qué microorganismos habitan el suelo: también hay que analizar cómo intercambian genes y adquieren nuevas capacidades.


